De cara a los resentimientos

Si es verdad lo que tu lenguaje corporal enseña, me valdré de la implacable tenacidad para desentenderme de mis emociones y aprovecharé la debilidad de tu visceralidad para castigarte.

Porque quiero experimentar con nuestras psicologías, descubriéndome en facetas de provocación y evasión. Porque si contigo me descubrí vulnerable, insegura y carente de autoestima, ahora tocaría redescubrirme, adquiriendo consciencia de los dotes que poseo, para potenciarlos y usarlos de herramienta a la hora de jugar a la seducción.

Y también tocaría reinventarme; con aires de astucia y maquiavelismo, procurando anestesiar mis sentimientos e instintos y manipular los tuyos.

Haré de mí una prestidigitadora emocional, sirviéndome de tu pulsión sexual masculina. Me serviré de cumplidos que te engrandecerán, halagando tu ego. Atenderé las demandas de tu arrogancia, aquella que en silencio siempre busca ensalzarse, y te otorgaré razón, demostrándote interés y cediéndote poder, invitándote a creerte verdaderamente importante. Complaceré a tu soberbia, que tan bien conozco, y exaltaré tu atractivo y masculinidad, así como tus aspiraciones e inteligencia, endulzando tus orgullos oídos de placenteros cumplidos. Entonces potenciaré mi latente sensualidad, trabajaré duro en forjarme un carácter capaz de despertar la intriga y el deseo, y colmaré a tus pensamientos de ansiedad lujuriosa.

Aprenderé a hacer brillar el encanto de mi feminidad y buscaré el contacto físico, provocándote e imantándome a tu mente. Entonces jugaré con tus emociones haciéndote oscilar entre la sensación de posesión y pérdida.

Te daré la ilusoria sensación de control y me creerás todavía tuya. Creerás pues, que todavía estoy en tus manos, pero será un espejismo; porque en cuanto pretendas apresarme con tus garras escaparé de ellas.

Y repetiré el juego, como un bucle, hasta que llegue el tedio.

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Depresión

-Vos tenés depresión, Sol.

Escuché decir a la doctora y sonó a un alivio, porque por fin pude escuchar el reconocimiento de lo que llevaba intuyendo desde hace tantos años.

-Pero no te preocupes. Un psiquiatra te va a medicar y vas a estar bien.

Agregó, y sentí el contraste de una emoción oscilando entre el consuelo y la angustia, porque hasta donde suponía entender yo, la medicación que fuese a tomar, me alzaría los niveles de serotonina y disminuirían los de dopamina para devolverme la sensación de bienestar y vitalidad.

Pero entonces, si la medicación era la solución, ¿todos los males que me atormentan los ánimos y el pensamiento no se deben a más que un desbalance de químicos en el cerebro? ¿Es que, de verdad las emociones y los pensamientos están condicionados por la química cerebral? ¿Serotonina, dopamina, norepinefrina (y un experto sabe qué otras hormonas más) en malas proporciones me condicionan a sentir la existencia de la manera en que la hago? ¿Es pura química? ¿No hay nada que concierna a la idea de alma o espíritu? ¿No hay algo que trascienda a lo que unas simples pastillas pudieran tratar? ¿O son acaso los pensamientos los que determinan las concentraciones de químicos en el cerebro y éstos, a su vez, la manera de sentir? Pero, en ese caso, ¿qué estimulan a los pensamientos que nos asaltan? Las pastillas no podrían, si ese fuera el caso, solucionar la nocividad de lo que la abstracción de una mente depresiva pudiese captar del mar de pensamientos que fluye y nos intercepta.

Y escribo estas interrogantes cansada, sintiéndome decaer en todas las dimensiones que pudiesen abordar al humano, con el cuerpo débil y los ánimos sin fuerzas, capaz de sentir nada más que profunda apatía.

Es que ahora soy ese vehículo que quedó sin combustible y que, parado a medio camino, consigue moverse solo porque una camioneta lo lleva consigo, tirándolo con una soga.

Pero les juro que a veces me obstino en arrancar y ponerme en marcha, aunque no tenga combustible ni energías para moverme por mí misma. Entonces me frustro, porque fracaso.

Carta IX

Joshua, no consigo restar atención a las emociones que florecieron en nuestro último encuentro. Me abraza la nostalgia y consecuentemente, quisiera también abrazarte, con tanta fuerza que compense todo el rato que llevo rehuyéndote.

Me entristece esta ineptitud para odiarte. Con sinceridad te lo confieso; habría preferido hacerlo, convirtiendo el odio en un refugio desde el cual podría protegerme por siempre de vos. Pero el resentimiento mengua, siendo aplacado por la convivencia inevitable que nos reúne cada tanto.

Tus caricias a mis cabellos y cuello estimulan a mis memorias. No sé esquivarte y a vos te trae sin cuidado mi voluntad por alejarme. Entonces despertás viejas sensaciones sentidas contigo, haciendo que te extrañe, pero en el sentido más físico posible, con el recuerdo de la mala experiencia siendo indiferente ante el deseo que tu presencia despierta.

Y aunque no me decís con palabras, tu actuar me habla de atracción, que se evidencia en todavía ser mutua. Y tus ojos, tus adorados ojos, que quieren tentarme, me cuentan del deseo y la lujuria inscriptas en tu mirada.

Pero es eso, siempre lo ha sido; deseo y lujuria, porque nunca me viste como un ser humano que mereciera respeto, aprecio y cuidado.

E incluso así, todavía quiero abrazarte, porque mis pulsaciones me inclinan a enseñarte del cariño que te sigo profesando, a sabiendas de las insinceridades que te abarcan y de la falta de integridad que te define entre tanto cinismo y egoísmo.

Relato inconcluso III

Apuraba mis pasos adelantándome a Joshua, pretendiendo huir de él. Acabábamos de cruzarnos con su novia y por mucho que intentaba ignorar la incomodidad que sentía al reunirnos los tres de manera tan accidental, no podía con el agobio que me sofocaba, que me hacía recordar con intensidad del patetismo con que me había enamorado de él.

No tuvo el atrevimiento de presentarnos. Pero la chica me sonrió ofreciendo un saludo fogoso que contrastaba con lo débil y desprotegida que me sentía con ellos dos frente a mí.

Entonces comenzaron a hablar y yo los ignoraba, demasiado abstraída en recuerdos de cuando supe de la relación entre ambos y yo sentí la autoestima serme reducida a la nada.
Me habían enviado fotos de ambos juntos. “Nos presentó a todos como su novia” decía el mensaje de un amigo en respuesta a las fotos y yo me sentía entumecida de la decepción, porque aquella vez no hacía ni un mes de la última vez que había amanecido con el cuerpo desnudo de Joshua abrazado al mío.

Lloré con la humillación doliéndome. Llevaba las manos a la boca y silenciaba gritos de ira e impotencia propias de quien se siente atrozmente ridiculizada. Me dolía la dignidad, el orgullo, la autoestima, el amor propio, porque no fui más que un entretenimiento transitivo servido a un cretino que resultaba ser mi adoración y devoción, porque con él encontré ganas de dar y ser todo, pero fui, en cambio, insuficiente, válida solo para ratos de complacencia sexual.

Varias habían sido las veces que cuestioné por qué no podíamos ser algo más, creyendo gustarnos y apreciarnos de manera mutua. Pecaba de ingenuidad e inocencia sin comprender la diferencia entre cariño y deseo. Entonces él se alteraba y me recordaba que la primera vez que fuimos a uno de los banquitos de veterinaria ya me había dado sus razones.

-¿Cuántas veces más tengo que repetirte lo mismo? Dentro de muchos años tengo previsto volver a tener una novia. A no ser que encuentre alguien fenomenal que me haga cambiar de opinión.

Fenomenal, era el antónimo de lo que me definía; ser ordinaria. Y si la baja autoestima siempre me acompañó, aquella conversación con Joshua me condenó a una eterna infravaloración.

Entonces veía a la novia que me sonreía. Su persona condensaba la definición de fenomenal que yo no alcancé y la pequeñez que me abrazaba resultaba ser incómoda, porque verla me recordaba la emoción de las memorias, todas tan desagradables.

Y me sentía vencida.

Por aquella muchacha de ojos bonitos y sonrisa amable de quien apenas sabía su nombre. Observarla me hacía reconocer mi fracaso. Pero sin lamentos, prometiéndome usar toda mi experiencia con Joshua para crecer, adrede, persiguiendo ese epíteto de fenomenal que pasó de largo conmigo.

Y así concluyo. Joshua no me rompió el corazón, sino la autoestima. Es mi entera responsabilidad reconstruirla y fortalecerla, desentenderme del papel de juguete y recuperar mi valor como persona.

Y ahora lo tengo que reconstruir, con consciencia.

Relatos inconclusos II

El objeto de mis deseos tiene nuevo rostro, que se contrapone al recuerdo de quien alguna vez significó mi entera devoción.

De esta forma, en lo recóndito y silencioso, mi ser todavía añora al amado, a quien a veces lo observo, de manera impasible y distante, recordándolo en la intimidad de oscuridades espesas desde donde me perdía, en él, con mis extremidades abrazadas a su cuerpo, con fuerza, y todavía ansiándolo, con urgencia.

Pero niego la añoranza. No la acepto.

Recordar el malestar padecido a partir de la devoción y consagración al amado insta hacer de la distancia un refugio infranqueable. Sería degradante buscar calmar la incomodidad propia de la añoranza. En caso de hacerlo, me hundiría en la humillación, me aborrecería a mí misma. No podría lidiar con la propia decepción.

Por lo que me sirvo de esta experiencia para practicar la modesta conformidad de quien se contenta con reproducir los recuerdos y los vive en silencio, y rememorar así, rituales de adoración y complacencia vividos entre sábanas.

Porque hoy, que persigo ideales de amor propio, me sujeto a convicciones que empiezan por nunca volver a una aproximación y confianza a aquel que alguna vez fue tan amado.

No existe oportunidad para el pasado, por mucho que en secreto lo anhele. Me veo forzada a rechazarlo, rehuirlo y evitarlo. Solo puedo tener apertura a la novedad, al descubrimiento de quien me libere de todo el resentimiento que cargo a partir del amado.

Y la novedad llegó, en una atracción experimentada hacia quien llamo Julián, resultando ser mutua. Atracción enteramente carnal, sin interés por extenderse a una dimensión más humana y menos animal. Atracción que desconoce de garantías para quien desarrolle sentimientos hacia el otro. Atracción que solo insta saciar el apetito que ella misma provoca cuando dos cuerpos se descubren mutuamente magnetizados.

Julián pues, presentaba la oferta de siempre, aquella sin trascendencia, cómoda para cualquiera que se desentiende de las emociones. Era un hombre más, perteneciente a la frívola e insípida multitud de quienes solo buscan cuerpos con que satisfacerse las demandas propias del ego y la libido.

Sexo, descompromiso y desapego. Ausencia de garantías. Me lo ofreció directo y más allá de la aspereza de su sinceridad, nada resultó sorprendente.

Era el menú de siempre, frío y desabrido, que lo consideraba como posibilidad, porque la manera en que Julián me atraía resultaba difícil de ignorar.

Pero así como lo consideraba, también lo dudaba, grandemente, porque Julián era charlatán, y un charlatán no inspira seguridad.

E incluso así, me entretenía escucharlo, porque era divertido presenciar su espontaneidad y fogosidad, tan propia de la gente segura de sí misma. Pero dialogar, refiriéndome a la actividad como un intercambio de comentarios y pareceres, tratándose de él no conseguía interesarme, porque poco me importaba que supiese de mí.

Yo misma le conté alguna vez de la atracción que sentía hacia él con la certeza de que era recíproca. Su lenguaje corporal me lo había revelado mientras nosotros callábamos lo evidente.

Se lo dije debido a la angustia que me generaba la posibilidad de que mi mirada le revelase del deseo inscripto en mis ojos, porque sabía de cuán chismosos podían ser ellos respecto a asuntos que los labios callan y porque resulta siempre un agobio desconocer la propia imagen y lo que ella podría expresar de uno mismo cuando las palabras todavía no tomaban coraje en salir y revelar verdades.

Cuando se lo dije por fin con palabras y no con miradas quedé aliviada, pudiendo mirarlo desde entonces sin temor a que mis ojos le contasen de cuánto apetito me despertaba, porque se lo decía con palabras y él me invitaba entonces a aquellos lugares donde la intimidad de los cuerpos daba inicio a rituales de pasión.

Pero por mucho que me tentase, no podía aceptarlo. Mis inseguridades, temores e incomodidades resultaban mayores que las ansias por conocernos los cuerpos.

La añoranza en un sueño

Te soñé en la siesta. Me abrazaba a vos desesperada, con demasiada urgencia porque te quedes.

Me besabas y lloraba, porque te quería, de aquella manera tan dañina y enferma, que torna al objeto amado como necesidad para el bienestar propio y convierte a la falta en un mal tan insoportable.

Me besabas, repito, y a mi cuerpo le acontecía cien emociones intensas de forma instantánea, por lo que cuando desperté me abracé con fuerza a la almohada, perturbada, aferrándome con violencia a la frescura de las emociones que tu aparición en mi sueño trajo consigo, sintiendo el mismo sueño rociarme el ser de tristeza, de cierta melancolía y añoranza a vos.

Así, sin discriminación por su irrealidad, acabó por regalarme un fragmento de ficción que desde ahora conforma parte de mis memorias, convirtiéndote en punto convergente de realidades y sueños, recuerdos e ilusiones.

Pensamiento IV

Quiero escribir hechos, pero no por la trascendencia que tengan por lo que son como acciones o acontecimientos mismos, sino por la emoción o la intensidad con que los sentí cuando los viví. Pero no consigo pues, encontrar palabras que puedan plasmar el color de la emoción o el grado del sentimiento que acompañaron al acto, porque el recuerdo de los hechos ya están empañados por nuevas percepciones y conclusiones que contaminan la pureza de las emociones primigenias.

Quiero escribir sobre lo que la gente me hace sentir, como si lo que siento debido a ellas, fuese acaso lo más trascendental de mi existencia. Quiero pues, escribir sobre cómo se siente la vida desde mi piel, como si importase tanto; o lo suficiente para malgastar el tiempo en desesperados intentos por transmitir en palabras el sabor de un instante experimentado gracias a alguna otra persona.